Homs, Siria (3:05 A.M.) – El estado islámico
de Siria y Al-Sham (ISIS) continua este viernes su gran ofensiva cerca a los
pozos petrolíferos de Al-Sha’er al noreste de Homs, capturando varios puntos estratégicos
del ejército Sirio Árabe (SAA) en el área de Huwaysis.
Hombres
armados detonaron explosivos dentro de una iglesia ortodoxa asiria el lunes,
quemando iconos antiguos y dejando la mayoría de lo que se encontraba dentro
hecho cenizas.
La capital turca se encuentra sumida en el caos. Helicópteros militares
sobrevuelan Estambul, mientras que el aeropuerto internacional se
encuentra cercado por tanques militares. Siga los detalles más
importantes de lo que ocurre.
Hombre armados han tomado varios rehenes tras asaltar un restaurante - El Estado Islámico reivindica el ataque. Al menos dos personas han muerto y 26 han resultado heridas en
un ataque lanzado por varios hombres armados contra un conocido
restaurante frecuentado por extranjeros de la zona diplomática de Dacca,
que continúa con la toma de rehenes, informaron hoy a Efe varias
fuentes.
Siempre me
ha gustado el Imperio Romano. La historia de una ciudad que conquistó el mundo,
y dejó su estampa indeleble en él se ha quedado conmigo desde mi niñez, cuando
me encontré a los Cesares en la biblioteca de mi abuelo. Todo lo relacionado
con la Roma antigua, su lenguaje, su cultura, se volvieron en una obsesión
juvenil hasta años después, cuando otro tema se convirtió en el centro mi interés
histórico.
Pero no fue
hasta el ocaso de mi adolescencia que regresé a Roma y su “caída.” Hasta ese
momento había estado satisfecho con la explicación convencional del colapso
romano en medio del aluvión de gentes de más allá del Rin. Y el último año del
colegio, en la biblioteca escolar, me encontré a Bizancio de John Julius Norwich. Y conocí y aprendí a querer esa
otra larga mitad de la historia romana. Su mitad Cristiana.
Hoy entonces,
es una conmemoración triste, y es con pesar que recordamos que ha pasado otro año
desde la muerte verdadera del mundo romano, y la caída de la Reina de las
Ciudades: Constantinopla.
***
El martes 29
de mayo de 1453, La Ciudad ya había estado sitiada por 53 días por los ejércitos
mahometanos del sultán turco Mehmet II. Durante este tiempo la cantidad de
defensores había disminuido de 5,000 romanos y 2,000 aliados y voluntarios extranjeros
a menos de 3,000 hombres repartidos en un perímetro de casi 20 kilómetros. La
primera de las murallas de los Muros de Teodosio había sido derruida, y aún las
torres de la segunda línea habían colapsado en varias áreas tras el bombardeo
incesante del cañón turco y los embates del ejército mahometano de 100,000
hombres.
Hoy no es mi
intención recontar la historia del cerco, o hablar sobre la condición
deplorable del estado romano en ese entonces. El valor de los defensores, las
esperanzas frustradas de los ciudadanos, y las tacitas de ambos bandos durante
esas semanas fatídicas serán temas de otro día. Hoy, nos enfocamos y revivimos
la historia del día más triste en Constantinopla.
Al anochecer
del día 28, el Emperador Constantino XI Dragases Palaiologos había terminado de
dar un discurso final a sus capitanes. Como Norwich nos cuenta:
“Hablo
primero con sus súbditos griegos, diciéndoles que había cuatro grandes causas
por las cuales un hombre debe de estar preparado para morir: su fe, su patria,
su familia y su soberano. Ahora ellos debían estar listos para ofrecer sus
vidas por todas ellas. Por su parte, él voluntariamente sacrificaría su vida
por su fe, su ciudad y su gente. Ellos eran un gran pueblo, los descendientes
de los héroes de Grecia y Roma, y no le cabía duda que enorgullecerían a sus
ancestros defendiendo su ciudad, en la cual el sultán infiel buscaba sentar a
su falso profeta en el trono de Jesucristo. Dirigiéndose a los italianos, les agradeció
por todo lo que habían hecho y les repitió que confiaba en ellos en los
momentos peligrosos que vendrían. Ellos y los griegos eran ahora un solo
pueblo, unido por Dios; con Su ayuda serian victoriosos. Finalmente, se acercó
lentamente a cada uno de los presentes y les pidió perdón si es que alguna vez
los había ofendido.” [1]
Esa noche,
como todas, los soldados en las murallas durmieron poco, mientras en Santa Sofía
se realizaban las vísperas para ambos católicos y ortodoxos y en las que participaron
todos los residentes y casi al final, también
el Emperador. Más tarde, cuando tan solo unos cirios iluminaban el interior del
templo, Constantino XI regresó, y rezó, y rezó, y rezó. A la medianoche, volvió
a los muros.
A la una y
media de la mañana, el silencio de la noche fue destrozado por los tambores y
las trompetas de los turcos. En medio de gritos de guerra oleada tras oleada de
tropas irregulares de todos los reinos conquistados por los otomanos se
abalanzaron sobre las murallas y sus defensores y por dos horas trataron, en
vano, de penetrar las defensas. Fallaron.
Después
siguieron los “anatolios.” Mahometanos fanáticos de Asia Menor, que avanzaban
con la certeza del paraíso que los esperaba tras de la muerte, atacaron el
sector del centro en el valle del Lico, bajo los estruendos de cañonazos.
Lucharon por horas, hasta que empezó a salir el sol. Y fallaron.
Y tras ellos
vinieron los jenízaros. Soldados disciplinados e indoctrinados para ser leales
al sultán y al dios de los mahometanos, raptados de sus madres Cristianas
cuando aún estaban en brazos, marchaban con una precisión y valor demoniacos.
Para ese entonces, los defensores ya habían estado combatiendo por cinco horas
sin cesar. Aun así, exhaustos, se reusaban a abandonar sus puestos. Su
Emperador y el capitán de los aliados genoveses, Giovanni Giustiniani Longo, aún
estaban con ellos y luchando a su lado, por otra hora. Y la presión del avance
otomano disminuyó, levemente. Constantino, detectando esto, declaró:¡valientes soldados, el ejército enemigo se debilita,
la corona de la victoria es nuestra. Dios está con nosotros – sigan luchando!” [2] Y los mahometanos casi fallaron.
Pero
sucedieron dos cosas en ese momento. Uno de los grupos asignado al sector norte
de la muralla, habiendo regresado de un ataque, dejó una de las puertas pequeñas
sin asegurar, y por ahí alrededor de cincuenta turcos entraron a una torre e izaron
la bandera de la luna creciente. Aunque fueron muertos, el pendón fue visto por
el resto del ejército enemigo y revitalizó sus ganas. Casi simultáneamente,
Giustiniani fue herido, aunque no mortalmente. El comandante exhausto, colapsó.
Había peleado valientemente desde el inicio del sitio, y ya había sido herido
en otra parte el día anterior. Sin poder moverse, pidió que lo llevaran al médico
que se encontraba en su barco, anclado en el Cuerno de Oro. El Emperador,
horrorizado, trató de convencerlo para que se quede, pero Giustiniani no cedió.
Encargo su puesto a dos oficiales y fue llevado a su navío. Y tras él, otros
genoveses huyeron, desmoralizados.
Habiendo divisado
la creciente en una de las torres, uno de los favoritos del sultán, un tal
Caffer Bey, a la cabeza de un grupo de jenízaros y gritando Allahu Akbar atacó el surco de tierra,
que era todo lo que quedaba del muro exterior, y a sus defensores. Y triunfaron.
El espacio
entre los dos muros se inundó de mahometanos y muchos de los Cristianos se
rindieron. Algunos fueron aplastados mientras trataban de huir; otros fueron
muertos por la espalda por los turcos. Y en medio de la batalla aún se hallaba
el Emperador rodeado de un grupo de sus compañeros más leales – Teófilo Palaiologos
y Juan Dalmata – y un noble anciano de Castilla que había venido a La Ciudad
aayudar de cualquier manera posible –
Don Francisco de Toledo. Constantino, viendo que todo estaba perdido, se despojó
de las vestiduras reales, y exclamó: “La ciudad ha caído y yo sigo vivo!” [3] Junto con su sequito, espada en
mano, se lanzó a la carga contra las masas mahometanas. Nunca se le volvió a
ver.
A las seis
de la mañana los turcos ya habían entrado a Constantinopla. Muchos de los
italianos en los muros se apresuraron y trataron de alcanzar los puertos,
abandonando sus puestos. Algunos fueron capturados, otros muertos, pero varios
llegaron a los barcos, llevando las nefastas noticias a Giustiniani. El genovés
ordenó que todos sus hombres se replegaran. Los romanos que quedaban, sin
embargo, fueron acribillados sin piedad. “Todos los que encontraban, fueron
eliminados con cimitarras, mujeres y hombres, ancianos y niños, de cualquier condición.”
[4] Las acequias rebozaban de sangre.
Cerca al
Cuerno de Oro se encontraba la iglesia de Santa Teodosia, cuyo día festivo era
ese martes. Cuando una procesión se acercaba a la entrada, que había sido
adornada con rosas para la Santa, los mahometanos llegaron y capturaron todo
quien no se resistió, mataron a todo él que si se resistió, y saquearon el
templo. Minutos después, los huesos de Santa Teodosia fueron arrojados a la
calle. Este acto sacrílego fue repetido en toda Constantinopla; la iglesia de
San Juan Bautista en Pera, el monasterio de San Salvador de Cora, y la iglesia
de San Jorge cerca a la puerta de Caricio fueron asaltados minutos después de
haber penetrado las defensas. El Icono santo y antiguo de la Odighitria,
pintado por San Lucas, fue roto en cuatro partes por su marco de oro. Cruces
fueron rotas, relicarios y las tumbas de los santos fueron abiertos y lo que se
hallaba dentro arrojado a las calles, cálices, copas, patenas, y túnicas santas
fueron robados. Las monjas fueron violadas y los monjes masacrados.
Los que
pudieron huyeron rumbo a Santa Sofía. Los que no pudieron fueron sacados de sus
camas o detenidos en las calles. Y muchos que no podían moverse, como los
ancianos o los enfermos, fueron simplemente liquidados. Algunas doncellas y
matronas, seguras del destino que las esperaba, se lanzaron a pozos, mientras
los invasores peleaban entre sí mismos por mujeres ya capturadas. Pero quienes
llegaron a la gran Iglesia seguían esperando que una antigua profecía se fuese
a cumplir. El enemigo llegaría hasta el Foro de Constantino, cuando un ángel descendería
de los cielos, con una espada ardiente, y a la cabeza de los defensores, los expulsaría
de La Ciudad. Hombres, mujeres y niños se persignaron y las puertas de bronce
del templo fueron cerradas.
En los
puertos los barcos italianos, y algunos romanos, partieron llenos de
sobrevivientes y refugiados. Afortunadamente, los marinos turcos habían
abandonado sus naves y se adentraron en Constantinopla para evitar quedarse sin
botín alguno. Pero aun había muchos Cristianos llegando a la playa y, viendo a
los navíos alejándose, imploraban entre llantos que regresen, o se lanzaban al
agua para alcanzarlos nadando. En unas horas, el mar se vio cubierto de cadáveres
flotantes.
En Santa Sofía,
con los maitines ya iniciados, la gente continuaba rezando por un milagro. Y
pronto al sonido de la liturgia y las oraciones de los devotos se sumaron los
golpes de las hachas de los jenízaros contra las puertas. Cuando ingresaron,
los más pobres y viejos de la congregación fueron muertos ahí mismo. El resto
se les organizó en filas y fueron llevados fuera, como esclavos. Muchos de los niños
serían enviados después como regalos a las cortes mahometanas de Túnez, Egipto
y España. Los sacerdotes continuaron con la Misa hasta que fueron asesinados en
el altar. Y después la iglesia misma fue violada. Los jarrones, los iconos, las
reliquias, los candelabros, las lámparas, el trono Imperial, el iconostasio
mismo, todo fue roto en pedazos y repartido.
Un poco después
del medio día, el sultán entró a La Ciudad por la puerta de Carisio. Se dirigió
directamente a la Iglesia saqueada, y ordenó que un imán se subiera al pulpito
y declarara la Shahada mientras él se arrodillaba: “no hay más dios que Alá, y Mahoma
es su profeta.”
***
Hay un canto
excelentísimo, entonado por Capella Romana, que fue escrito por Manuel Doukas Crysafes,
un cantor y compositor de la corte Imperial que sobrevivió la caída de La
Ciudad. Basado en el Salmo 79, los dejo con ¡Oh Dios, los
paganos han invadido tu propiedad!
Oremos por
las almas de quienes defendieron su fe, su soberano y su patria y que, Deo
volente, algún día los Cristianos de Occidente, habiendo despertado de su
estupor y presenciado el peligro mahometano en sus tierras, busquemos una reunión
con nuestros hermanos ortodoxos y hagamos la ciudad de Constantino Cristiana
nuevamente.
Todas las
fuentes fueron traducidas de originales en inglés.
[1] John Julius Norwich, Byzantium: The Decline and Fall. (Nueva
York: Alfred A. Knopf, 1996) p. 431
[2] Leonard of Chios, De Capta a Mehemethe II Constantinopoli.
(Paris, 1823) p. 44
[3] Robert Barr Smith, To the Last Cartridge. (Nueva York: Avon
Books, 1994) p. 31
[4] Nicolo
Barbaro, Giornalle dell’ Assedio di
Constantinopoli 1453. (Viena, 1856) p.55